María Remedios del Valle peleó en el Ejército del Norte perdió a su esposo y a sus hijos en la guerra, y terminó viviendo de la caridad. La historia de la mujer negra a quien Manuel Belgrano nombró capitana del Ejército, pero pasó años olvidada y en la pobreza

María Remedios del Valle, la protagonista de una historia increíble en los tiempos en que luchábamos por nuestra independencia
Detrás de la escueta necrológica publicada por el ejército el 8 de noviembre de 1847, que informaba: “Baja. El mayor de Caballería Doña Remedios Rosas falleció”, se escondía una vida privaciones, sacrificios e indiferencia, protagonizada por una mujer de raza negra, en la Buenos Aires de las primeras décadas del siglo XIX.
En el infame comercio negrero, el esclavo no era considerado una persona, sino un bien a comerciar, al punto que hasta 1787 se los marcaba en la cara o en la espalda. Se calcula que durante la esclavitud fueron
apresados y comerciados unos 60 millones, de los cuales 40 poblaron el continente americano.

Desde los tiempos del rey Carlos III que Buenos Aires recibió esclavos. Aviso publicado en La Gaceta Mercantil del 10 de abril de 1835 (Archivo General de la Nación)
Todo hace suponer que los que poblaron Buenos Aires fueron originarios, en su mayoría, del Congo y Angola. El rey Carlos III fue quien abrió el Río de la Plata a este vil comercio, a través de una legislación que prohibía la introducción de negros mahometanos.
Viajaban engrillados sobre pisos superpuestos donde solo podían estar acostados o sentados. Iban con la barbilla pegada a las rodillas, atados entre ellos, y muchos de ellos ya muertos, porque el grado de mortalidad en los viajes por alta mar era altísimo: escorbuto, disentería, sed, suicidios y malos tratos de sus captores hacían estragos. Muchos, según el explorador escocés David Livingstone, morían de pena y tristeza y demostraban su mal llevando su mano al corazón, según destaca Bernardo Kordon en su trabajo sobre la raza negra en nuestras tierras.

La mujer peleó en el ejército comandado por Belgrano, quien la distinguió por su comportamiento en el campo de batalla
En un primer momento los esclavos eran desembarcados cerca de la boca del Riachuelo y alojados en galpones, que no tomaron mucho tiempo en ser conocidos como las barracas.
Hubo una compañía inglesa llamada “South Sea Company”, que importaba negros y los retenía en un depósito en la actual Plaza San Martín, en lo que había sido una espectacular residencia de 39 habitaciones del gobernador Agustín Robles, que había mandado a construir en 1702, llamó “El Retiro” y habría dado el nombre al barrio. Cuando soplaba viento del río, el hedor que inundaba la ciudad era insoportable. El Cabildo se quejaba de los negros contagiados de sarna, que despedían un olor fétido y pestilente, y alertaba del peligro de “infeccionar la ciudad”.
En Buenos Aires, eran comprados por las familias para trabajar como obreros o en tareas domésticas. Trabajaban en los patios de las casas y luego salían a recorrer las calles a vender sus productos. Muchas familias acomodadas vivían de lo producido por los esclavos, como destacan trabajos sobre este tema. Era común que una familia de buen pasar económico tuviese una docena de esclavos, y cada uno de ellos cumplía una función específica: uno se encargaba de cebar mate, otros servían la mesa, planchaban, lavaban, cocinaban, acompañaban a la ama a misa, o bien los enviaban a trabajar en sus campos.

Juan José Viamonte, fue quien la descubrió en la ciudad de Buenos Aires mendigando
Hombres y mujeres vivían en el patio más alejado y allí criaban a sus hijos, llamados muleques, que crecían junto a los hijos de los dueños.
Corría 1827 cuando el general Juan José Viamonte se enteró. Al cruzar la plaza y pasar frente al Cabildo, reparó en el rostro de una negra harapienta que pedía limosna, y que le resultaba familiar. Sus criados le habían avisado que ella había ido a golpear la puerta de su casa en busca de ayuda, como confesaría en una sesión en la Sala de Representantes. Lo cierto fue que esa negra, vestida con lo que podía y que se alimentaba gracias a las sobras de los conventos de la ciudad, había arriesgado el pellejo como uno más en el Ejército Auxiliador primero y luego junto a los soldados que Manuel Belgrano comandó en el norte.
Se llamaba María Remedios del Valle, tenía el cuerpo curtido con media docena de cicatrices, y todos la ignoraban. La historia oficial dice que nació en la ciudad de Buenos Aires entre 1766 y 1767 y que su bautismo de fuego lo tuvo cuando colaboró en la lucha contra los británicos en las invasiones.

Este este óleo, se ve en el centro a María Remedios mendigando frente al convento de Santo Domingo
Cuando a mediados de 1810 partió el Ejército Auxiliador al norte, en el que estaban enrolados su marido y sus dos hijos, uno de ellos adoptado, se les unió. Primero estuvo en la División de Bernardo de Anzoátegui, capitán de la 6ª Compañía del Batallón de Artillería Volante. Anzoátegui recordaría cómo María cuidaba de los soldados, suboficiales y oficiales, les lavaba la ropa y atendía sus heridas.
Cuando el ejército arribó a Potosí, estuvo a las órdenes del veterano coronel José Bonifacio Bolaños. Allí recibió 20 nacionales, su primera paga. Cuando ocurrió la derrota de Huaqui el 20 de junio de 1811, que supuso la pérdida del Alto Perú, ella bajó a Jujuy. Allí sería la última vez que Viamonte la vio.
No se sabe en qué batallas murieron su esposo y sus dos hijos. Ella continuó en el ejército, donde era conocida como “la tía María”. Fue testigo del Éxodo Jujeño. Se habrá sentido desilusionada cuando se presentó ante Manuel Belgrano antes del enfrentamiento con el ejército realista en Tucumán, y le pidió permiso para poder atender a los heridos. Recibió una rotunda negativa.
No se dio por vencida, y se las ingenió para colarse primero en la retaguardia y luego en el campo de batalla cumpliendo su cometido. El creador de la bandera terminaría cediendo, y María sería la única mujer que podía seguirlo en el combate. Su admiración por su valentía lo llevó a nombrarla capitana del ejército.

María Remedios del Valle, en el billete de diez mil pesos, junto a Belgrano (Franco Fafasuli)
También estuvo en Vilcapugio, y en Ayohuma Gregorio Aráoz de Lamadrid se admiró al verla, junto a otras dos mujeres, llevando sobre sus cabezas cántaros con agua fresca, ignorando el intenso cañoneo.
Luego de este combate, librado el 14 de noviembre de 1813, cayó prisionera. Y aún cautiva no se mantuvo quieta. Asistió a los maltrechos prisioneros patriotas, y a algunos los ayudó a escaparse. Fue castigada por orden de los jefes Joaquín de la Pezuela, Juan Ramírez Orozco y Miguel Tacón a ser azotada durante nueve días. Y estuvo siete veces en capilla.
Cuando logró fugarse, estuvo en las filas de Martín Miguel de Güemes y Juan Antonio Alvarez de Arenales.
Se le perdería el rastro hasta que años después fue descubierta en la ciudad de Buenos Aires. Vivía en un rancho, en las afueras y alternaba los atrios de las iglesias y la puerta del Cabildo para pedir limosna; algunos le decían “la capitana”.
El diputado Viamonte fue el que llevó su caso a la Sala de Representantes. “Ella tiene derecho a la gratitud argentina, y es ahora que lo reclama por su infelicidad”, decían. Ella había logrado que la representase Manuel Rico, un militar veterano del Ejército del Norte. Había pedido, sin suerte, una compensación de seis mil pesos, contando las actualizaciones desde la disolución del ejército del norte.
En 1826 comenzaron las gestiones para otorgarle una pensión. El 24 de marzo de 1827 el ministro de Guerra mandó su expediente a la Sala de Representantes, para que resolviese qué hacer. Su pedido ingresó el 25 de septiembre pero recién se discutiría el 18 de julio del año siguiente. A través de los testimonios del propio Viamonte, Gregorio Aráoz de Lamadrid, de Tomás de Anchorena -quien fue secretario de Belgrano en el norte- y de Hipólito Videla, quien estuvo prisionero junto a ella, todos conocieron su historia y se asombraron de sus cicatrices, además de las marcas de los azotes que había recibido de los españoles. “Seis cicatrices feroces de bala y sable. Su caro esposo, un hijo y un entenado que han expirado en las filas de los libres”.
Propusieron llamarla “Madre de la Patria”. Por unanimidad se le otorgó un sueldo correspondiente al de capitán de infantería, a pagar desde el 15 de marzo de 1827, que es cuando había iniciado el largo trámite burocrático ante las autoridades. La Sala de Representantes también dispuso que se publicase su biografía en los diarios y se le erigiese un monumento. Nada de esto se cumpliría. Y la paga la recibiría salteada.
Sería Juan Manuel de Rosas quien el 16 de abril de 1835 la efectivizó como sargento mayor y se aseguró que recibiese sus sueldos como correspondía. En agradecimiento, ella le pidió permiso y se cambió el apellido, incorporando el de Rosas.
Su rostro, con el de Belgrano, está desde el 7 de mayo de 2024 en los billetes de diez mil pesos, correspondiente a la familia de “Heroínas y Héroes de la Patria”.
Una calle, pegada a la autopista Perito Moreno, cerca del Parque Avellaneda y un par de escuelas, en la ciudad y en la provincia de Buenos Aires llevan su nombre. Desde 2013, el 8 de noviembre es el día del afroargentino y de la cultura afro en homenaje a esta mujer que transitó una vida de sacrificios y de ingratitud.
