La conexión social ya es una prioridad de salud pública y el desafío también alcanza a las familias: generar espacios donde los adolescentes puedan pertenecer.

La Organización Mundial de la Salud (OMS) decidió colocar la conexión social entre las prioridades de salud pública mundial. En 2025, su Comisión sobre Conexión Social publicó un informe en el que señaló que aproximadamente una de cada seis personas en el mundo experimenta soledad.
Entre adolescentes y jóvenes, la cifra es todavía más significativa: alrededor de uno de cada cinco manifiesta sentirse solo. El dato obliga a mirar más allá de las pantallas y preguntarnos qué estamos haciendo, como familias y como sociedad, para favorecer los vínculos reales.
Una vida llena de actividades
Venimos hablando mucho acerca de nuestros adolescentes. No para observarlos con lupa, criticarlos o convertir cada nuevo comportamiento en un problema, sino porque detenernos a comprenderlos también es una manera de cuidar a nuestros futuros adultos. Primero apareció la búsqueda de visibilidad, reconocimiento y pertenencia en las redes sociales. Después, la inteligencia artificial comenzó a convertirse para algunos jóvenes en un interlocutor siempre disponible. Tal vez todas estas conversaciones nos estén llevando hacia una pregunta más profunda: ¿estamos creando una vida llena de actividades, pero pobre en encuentros?
La palabra encuentro supone que haya otro. Un cuerpo enfrente, una mirada, una presencia, alguien que pueda interrumpirnos, sorprendernos, incomodarnos, hacernos reír o pensar distinto. Porque los vínculos no aparecen espontáneamente por compartir un espacio: se construyen generando oportunidades para estar juntos, proponiendo, acercándonos y estando disponibles. Esto aparece cada vez con mayor frecuencia en las consultas de las familias: padres preocupados porque sus hijos se sienten solos, no tienen amigos o no encuentran un grupo de pertenencia. La pregunta es válida, pero quizás no debería interpelar solamente a las escuelas.
Volver a abrir las casas
Nunca tuvimos tantas posibilidades de estar conectados: contactos, seguidores, grupos, comentarios y mensajes. Pero estar conectados no necesariamente significa sentirse acompañados. La propia OMS distingue la soledad de la cantidad de personas que tenemos alrededor: podemos estar rodeados de gente y sentirnos profundamente solos cuando existe una distancia entre los vínculos que tenemos y aquellos que necesitamos o deseamos. Por eso nuestros chicos necesitan sentirse parte, saber que su presencia importa y que su ausencia también sería advertida.
Quizás, en nuestro esfuerzo por darles oportunidades, experiencias, viajes, actividades, tecnología y educación, confundimos proveer con estar. Los llevamos, los traemos, organizamos sus horarios y pagamos actividades, pero muchas veces escuchamos que no tienen amigos, no arman planes o pasan todo el día encerrados. Tal vez también tengamos que preguntarnos cuánto queremos realmente que nuestros hijos estén con otros. Invitar amigos, cocinar, jugar, conversar, mirar una película, hacer pochoclos o simplemente permitir esos momentos en los que aparentemente “no pasa nada” también son formas de construir vínculos.
Una casa que se pueda habitar
No necesitamos enfrentar el mundo digital con el mundo real como si fueran enemigos. Podemos jugar a la Play, pero también cocinar una pizza entre varios. Podemos usar la tecnología y, al mismo tiempo, generar espacios donde nuestros hijos aprendan a convivir, esperar, compartir, negociar, aburrirse, discutir, reparar, reírse y pertenecer. Los vínculos reales tienen algo que las redes muchas veces permiten evitar: la fricción. Y justamente allí también crecemos. Como familias, escuelas y sociedad no podemos fabricarles amigos ni evitarles cada rechazo, pero sí podemos ofrecer tiempo, espacios y oportunidades para que esos vínculos tengan alguna posibilidad de construirse.
Quizás el desafío de esta época no sea simplemente enseñarles a nuestros adolescentes a estar menos conectados, sino ayudarlos a estar mejor vinculados. Y la pregunta también vuelve hacia nosotros: ¿qué tipo de lugar estamos construyendo para que quieran volver? Una casa no se convierte en hogar por estar impecable, tener todo resuelto o brindar cada comodidad. Se convierte en hogar cuando alguien puede llegar y bajar la guardia. Cuando hay una mesa donde siempre entra uno más, cuando nuestros hijos saben que pueden traer a sus amigos, quedarse a comer o tirar un colchón en el piso. En tiempos en los que tantos adolescentes manifiestan sentirse solos, quizás una de las formas más concretas de cuidar sea volver a construir casas emocionalmente habitables: no perfectas, sino habitadas.
